La bici es como un novio pesado que te pregunta cada 5 minutos si quieres quedar. Es el enamorado excesivamente cariñoso que pone ojitos cuando dices que te tienes que ir, es aquel amigo irresponsable que en los descansos del cole te intentaba convencer a faltar a la siguiente clase.
La bici, a veces, es un rollo.
Porque es difícil de transportar, porque exige demasiado tiempo, porque requiere planificación, porque depende de la meteorología y porque pide demasiado.
Y actualmente mi vida no es apta para "amantes bandidos". Trabajo horas excesivas, tengo demasiados proyectos, quiero abarcar infinitamente más de lo que puedo y mi cabeza corre mucho más rápido que los pedales. Así que no es rara la vez que cojo a mi amiga Fina, la llevo de paseo y, de repente, miro al maldito reloj: "¿Ya son las 3 de la tarde? ¡Imposible!". Así que toca volver a casa corriendo, dejar a Fina en el trastero y ponerse a hacer recados. Horas más tarde me tiro en el sofá e, inevitablemente, me siento como una amante rechazada, una víctima del tan actual "quiero y no puedo". Tantas y tantas veces siento como si me quedara con un polvo a medias.
Sin orgasmo ni cigarro.
Ese es, para mi, el principal problema de este deporte: el tiempo. Si lo tuyo es correr, te pones las zapatillas y con una hora de ejercicio te quedas a gusto, pero con la bici no. No te vale con una hora, ni dos, ni tres. Hacen faltas tardes enteras, mañanas completas. Fines de semana de excursión. Tiempo y más tiempo que no sé de donde sacar.
Tic tac.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)


0 comentarios:
Publicar un comentario