
Hoy os quería contar como he logrado por primera vez salir de la ciudad en bici y como eso abre nuevos horizontes en mis entrenamientos y excursiones. Pero no. Porque ayer hubo algo (alguien) que robó el protagonismo a mis aventuras bicicleteras.
Estábamos Fina y yo volviendo a casa cuando escucho: "¿Nadie tiene una cuerda para que yo me pueda ahorcar?"
Paro la bici y allí estaba un señor en el muro que da a la linea de tren amenazando con tirarse. Zapateo a Fina en el suelo y le digo: "Bájese de ahí. Usted está nervioso. Respire hondo, venga hasta aquí y lo hablamos". Pero era imposible. Si yo me acercaba el señor amenazaba con tirarse. Si cogía el móvil para llamar a la policía, también. Él gritaba: "Por favor, que pase un tren que así mi muerte será indolor". El tren afortunadamente no pasó. Y así estuvimos unos 15 minutos. Yo pidiéndole que se bajara y él amenazando con hacerse daño. Tenía unos 50 años y un coche seminuevo. Me contó que su mujer y sus hijos lo había abandonado y que no quería ser un sin techo para el resto de su vida. Me dijo una y otra vez que tenía derecho a morir.
Cuando la policía lo sacó que allí lloraba y pedía que no lo llevaran al psiquiátrico. Estaba desequilibrado. Era un víctima.
De repente mis aventuras bicicleteras me parecieron una futilidad.
Apagué el cuenta kilómetros y volví a casa. En silencio.

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